Lilith, lilit, Lilitu , Sucubo y demonio de la noche.

«La Historia empieza en Sumeria», afirmó un historiador. Pero aún no se ha decidido si es realmente así. La posibilidad de que empiece en el valle del Nilo no parece totalmente excluida. Pero no hay duda de que la historia de los súcubos comienza en Sumeria. Con Lilit, o Lilitu, tal como es su nombre en acadio, la antigua lengua perteneciente a las lenguas semíticas, hablada principalmente en Asiria, al norte de la Mesopotamia. Lilit es uno de los innumerables espíritus malignos que amenazaban a los sumerios, babilonios y asirios sin descanso, noche y día, incluso durante el sueño. Tales espíritus están al acecho en todas partes, causando desgracias, enfermedades y la muerte. Extendían su siniestro poder tanto sobre el ganado del hombre, como sobre sus campos o sus huertos. Ni los peces estaban a salvo en el agua.

Tales demonios, incubados en las montañas del Oeste» como «hijos de Anu», uno de los dioses supremos del panteón de esos tres pueblos, eran a menudo llamados «los Siete», pero este nombre debió de haber sido originalmente el de un solo grupo, pues había más de Siete especies diferentes de demonios. Estaba Lamashtu, el temible espíritu femenino, que amenazaba a las mujeres durante el parto y robaba sus hijos mientras ellas les daban el pecho. Más temible aún era Namtaru, el demonio que provocaba plagas y era el mensajero del dios Nergal, el dios de los Infiernos; Rabisu, el vagabundo, que andaba siempre al acecho en las entradas de las casas y en los rincones oscuros; estaba también Pazuzu, hijo del dios Hanbi, el rey de los demonios malignos del viento; Labasu, el ladrón; y los malignos alu, asakku, gallu, shedu y utukku-demonios. Y estaba también Lilit, el más antiguo de los súcubos.

Aunque ya en las primeras escrituras los sumerios y babilonios poseían un panteón muy extenso, la religión sumeria-babilonia era fundamentalmente un animismo, una adoración de fuerzas ocultas y de los espíritus. Los propios dioses no estaban libres de los ataques de los demonios. El eclipse de Luna era visto como uno de esos ataques a Sin, el dios de la Luna, que temporalmente llevaba la peor parte, tal como se expresa en el mito siguiente:

«Los siete espíritus malignos apresuraban su camino de la Tierra a los Cielos, y se alineaban furiosamente alrededor del dios de la Luna… Enlil veía cómo el héroe Sin era oscurecido en los cielos; el Señor Enlil llamó a su visir Nusku (el dios del fuego): “ ¡Oh, visir Nusku, lleva mis palabras al Abismo! Cuenta a Ea, en el Abismo, lo que ha ocurrido con mi hijo Sin…” Ea, en el Abismo, escuchó el mensaje. Llenó su boca de lamentaciones y llamó entonces a su hijo Marduk y le dijo: “ ¡Ve, Marduk, hijo mío…! ” Sigue luego una descripción del rito que aparentemente era señalado para la época de un eclipse de Luna, a En de proteger al rey y su pueblo contra los maleficios de los siete espíritus malignos.» .

Naturalmente, el hombre y la mujer necesitaban una protección continua contra los ataques de los representantes del mal. Y la religión se la procuraba en diferentes formas. Había amuletos profilácticos que, en general, portaban una imagen del demonio contra el que debían proteger al portador. Y en el reverso llevaban una inscripción, un encantamiento, que evocaba la ayuda de los grandes dioses contra los malhechores sobrehumanos.

Encantamiento: A aquel que se acerca a la casa, me echa de mi cama, me desgarra, me hace ver pesadillas. Al dios Bine, el cancerbero de los Infiernos, que le concierne, por orden de Ninurta, dios de los Infiernos, por orden de Marduk, que mora en Esagila, en Babilonia. Hace saber a la puerta y al cerrojo que estoy bajo la protección de los dos Señores. Encantamiento.» 

Entre el gran número de tales amuletos, no hay ninguno que pida protección contra Lilit, pese a que hay varios encantamientos que piden dicha protección, sobre todo en los ritos para la purificación y protección de las casas. Dicho rito empezaba con una enumeración de las posibles causas del mal que podían ocurrir a la morada y a sus habitantes, como:«Bien sea que se trate de un espíritu maligno o un espectro maligno, o un monstruo violador de tumbas, o un vagabundo maligno, o una Lamashtu, o un Labasu, o el Ladrón, o Lilitu, o una sirvienta. de Lilitu, o la Mano-de-un-dios, o la Mano-de una-diosa, o el demonio de las plagas, o el demonio que da las malas cosas de la vida, o la Muerte, o la Fiebre, o el Asesino… sea quien sea… que lleve desgracia a la casa de un hombre…»

El miedo del hombre por Lilitu y sus servidoras tenía triple fondo. En primer lugar, eran demonios malignos y, como tales, terroríficos. Pero sus acciones diferían de las de los otros demonios, pues visitaban a los hombres en su sueño, causando sueños lascivos, agotadores. Y todo lo que ocurría al hombre en sus sueños era, por la rareza de la experiencia, por la incomprensibilidad de las propias acciones, una influencia angustiosa sobre él. En tercer lugar, estaba el hecho de que, cuando Lilitu o sus sirvientas habían podido lograr, con acciones y palabras lascivas, su objetivo, es decir, dejarse fecundar por el hombre, alumbraban demonios monstruosos, sin cara (los alu y los gallu), que desgarraban aquello que podían capturar y que, reuniéndose en torno al lecho de muerte del hombre que los había engendrado, esperaban el momento en que podían apoderarse del espíritu de su padre, cerrándole el camino hacia el reino de las sombras, haciendo de él un espíritu errante, temido por todo hombre y mujer y niño vivientes.

Nosotros, gentes de este siglo, con lo que consideramos nuestra fría razón, y que hemos sido capaces de enviar realmente hombres a la Luna, tenemos planteado, por lo que se refiere a Lilitu -cuyo nombre no quiere decir otra cosa que demonio de la noche, el más antiguo de los súcubos, término que está compuesto por las palabras latinas sub (debajo) y cubare (estar acostado); así, pues, aquella que se ha acostado debajo de un hombre-, tenemos planteado, decimos, un enorme número de problemas y misterios.

Ciertamente, para nosotros Lilitu sólo es, según nos dice nuestra fría razón, la demonificación de la fantasía sexual, que siempre y en todas partes ha ofrecido a los hombres, y a las mujeres, compañeros seductores y llenos de fogosidad, realizando de esta manera la satisfacción de deseos que en la realidad de la vida no podían ser satisfechos. Ciertamente, hay también en la actualidad fantasías sexuales que tienen un carácter quimérico, terrorífico, pero sabemos, o creemos saber, que semejantes fantasías tienen un fondo en ansiedades sexuales reales. Pero nuestro conocimiento de estas cosas nos dice también que la mayor parte de las fantasías sexuales no son espantosas; a lo sumo, y sólo al comienzo de semejante experiencia, más o menos incómodas. Y pese a que en la literatura sumeria y babilonia no hay ninguna descripción de Lilitu o sus sirvientas, el análisis de nuestras fantasías sexuales actuales nos proporciona la certidumbre de que, en la mayor parte de los casos, Lilitu y sus sirvientas debieron de mostrarse a sus víctimas como muy bellas y seductoras, y también con una gran fuerza de persuasión que al comienzo de sus esfuerzos debió de haber convencido a sus víctimas, pues la angustia es, en general, una de las más eficaces inhibiciones de la erección y la eyaculación.

Lilith en forma de Demonio

Aunque hay también aquí, como en todas las reacciones fisiológicas humanas, excepciones, casos en que la angustia provoca la erección y puede llevar incluso a la eyaculación, pero entonces se trata sólo de un porcentaje muy pequeño. Y los antiguos sumerios, babilonios y asirios, con su fuerte sensualidad, con sus costumbres y prácticas sexuales que daban libre expresión a la aspiración y a la satisfacción de sus deseos sexuales, no eran ciertamente esas excepciones. El aspecto angustioso de las visitas de Lilitu y sus sirvientas a los hombres sólo pudo comenzar después del despertar y el descubrimiento de la eyaculación, descubrimiento que debe de haber despertado la quimera de los demonios —alu y –gallu, y su terrorífica presencia en el lecho de muerte.

Son curiosos también otros dos hechos. En primer lugar, no se encuentra por ninguna parte en la literatura sumeria, babilonia y asiria, un equivalente masculino de Lilitu, que visite a las mujeres en sus sueños. Por tal motivo, se podría llegar a la conclusión de que el estado de la mujer en esas sociedades —auténticas sociedades de hombres en donde la mujer no desempeñaba un papel activo no era considerado lo bastante importante como para preocuparse de lo que ocurría en sus sueños. Pero en realidad, y sobre todo en las primeras épocas de la historia sumeria y babilonia, el estado social de la mujer era de una elevadísima distinción. Entre los sumerios y babilonios, el matrimonio era monógamo, en el sentido de que un hombre no podía tener más que una mujer, que era reconocida como tal y que gozaba de una consideración social correspondiente a la de su marido. Por otra parte, esas sociedades otorgaban al hombre el derecho de tener una o varias concubinas, así como el derecho de comercio carnal con las hieródulas, las muchachas y mujeres esclavas de los templos, principalmente los dedicados a las divinidades de la fecundidad. Y cuando, probablemente a comienzos del IV milenio, la institución de la esclavitud se convirtió en una característica general de esas sociedades, con esclavos como propiedad privada, uno de los empleos principales, si no el principal, de las esclavas femeninas, era el comercio carnal, lo cual las convertía en concubinas, aunque sin los derechos de la concubina. Seguían siendo esclavas, y sus hijos eran esclavos, excepto si su dueño los reconocía formalmente como sus hijos legítimos. Pero las mujeres legítimas podían incluso servir en los templos, en otras funciones que las de sacerdotisa o hieródula, y las mujeres de algunos príncipes, como las de Lugalanda y Urukagina, ocupaban posiciones de gran importancia. Por otra parte, tanto en el panteón sumerio como en el babilonio había un gran número de diosas que gozaban de mucho prestigio entre los dioses y desempeñaban un importante papel en los consejos de las divinidades. Hay también múltiples indicaciones de la existencia de la poliandria en el III milenio, pues algunos textos señalan que ciertas mujeres tenían más de un marido a la vez.

Por tanto, sigue sin respuesta la pregunta de por qué Lilitu no tiene un equivalente masculino en la vida de sumerios, babilonios y asirios, lo cual resulta más asombroso aún cuando tenemos en cuenta el hecho de que entre otros pueblos del Próximo Oriente –por no mencionar los pueblos orientales que tenían ya relaciones comerciales con éstos la relación sexual de una mujer con los espíritus no era totalmente excepcional.

El segundo hecho  curioso es lo que se podría considerar como la transición de Lilitu a Lilit. A partir de mediados del II milenio, Lilitu no aparecía ya en las escrituras babilonias y acadias -los sumerios, como pueblo, habían desaparecido a comienzos del II milenio-, lo cual no significa que hubiera desaparecido de la vida de los babilonios y asirios, mes el hecho que apareciera en el Antiguo Testamento y en los escritos rabínicos es la mejor prueba de que estaba viva también entre los pueblos vecinos de la Palestina.

La aparición más antigua de Lilit, el monstruo de la noche, en hebreo, la tenemos en el libro de Isaías, quien, en el año 740 antes de nuestra Era, fue nombrado profeta. En el capítulo VIII, Isaías predice el fin de Edom, pequeño Estado situado el sur de Palestina, una región de colinas de arenisca rojiza, mucho menos fértil que Palestina.. Aunque los israelitas reconocen tener el mismo origen -los edomitas tenían como antepasado a Esaú, hijo de Isaac y hermano gemelo de Jacob-, había existido siempre una hostilidad declarada entre los dos pueblos, que en varias ocasiones se había vuelto activa. En la predicción de Isaias (XXXIV, 11-14), Edom se convertiría en un desierto:

Pazuzu

«Y echará Yhavé sobre ella las cuerdas de la confusión y la plomada de la desolación; y habitarán en ella los sátiros, y todos sus nobles dejarán de existir. Allí no habrá reino, y desaparecerán todos sus príncipes. Y en sus palacios crecerán los zarzas, en sus fortalezas las ortigas y los cardos, y serán morada de chacales y refugio de avestruces. Perros y gatos salvajes se reunirán allí, y se juntarán allí los sátiros. También allí Lilit descansará y hallará su lugar de reposo.» 

En esta imagen de ruina, de destrucción; en este ambiente desértico, el autor ha tomado de los centenares de demonios, dioses y diosas –quienes, por lo demás, eran para los israelitas sólo demonios únicamente a Lilit, y la ha colocado entre animales del desierto y sátiros, que, por otra parte, no son de origen oriental, sino griego, de forma que su presencia en el libro de Isaías es una de las numerosas pruebas de la influencia helenística ya en ese período.. Y el hecho de que la haya preferido para esta imagen significa que, para él, Lilit era más peligrosa aún para el bienestar de su pueblo que los dioses Moloc de sus vecinos, los moabitas; y Dagán, de los filisteos, quienes durante tanto tiempo tuvieron una gran fuerza de seducción sobre los israelitas; y Astarté, la diosa de los sidonios; y Milkom, el dios de los amonitas, que durante los últimos años del reinado de Salomón hallaron tantos fieles entre los israelitas, divinidades cuya adoración estaba vinculada a orgías sexuales. Contra ellos, el clero pudo, al menos, advertir al pueblo y, a menudo, también tomar enérgicas medidas. Pero semejante defensa contra las peligrosas influencias debía de ser vana contra el demonio de la noche, que penetraba en los sueños de los hombres, los seducía con retazos llenos de voluptuosidad y, de esta manera, los debilitaba aún más con. tra las seducciones de las divinidades en torno a Canaán. Y en la frase: «también allí Lilit descansará y hallará su lugar de reposo », el profeta expresa el más profundo deseo de que su pueblo sea, al final, protegido contra ese peligro esencial. El autor desconocido del libro de J ob -que lo escribió, tal vez, a comienzos del siglo V antes de nuestra Era-, seguramente conoció el texto de Isaías. Le otorgó a Lilit un lugar en su descripción del destino del hombre malvado:

Sí, se apagará la luz de los perversos, 

no brillará su ardiente llama. 

La luz se apagará en su tienda, 

y su lámpara se extinguirá encima de él. 

Se recortan sus pasos vigorosas, 

y su propio consejo le hará tropezar; 

pues ha sido arrojado por sus pies a la red, y caminará sobre una trampa; 

un lazo le atará los tobillos 

y le aprisionará el cepo; 

oculta está en la tierra su cuerda, 

y su trampa sobre el sendero, 

de todas partes le asaltarán terrores, 

le seguirán, pisando los talones. 

Su opulencia se tomará en hambre, 

y la desgracia está presta a su lado. 

La enfermedad roerá su piel, 

y devorará sus miembros ¿El primogénito de la muerte. 

Será arrancado de su tienda, en la que se sentía seguro, 

y tú puedes conducirle al rey de los terrores. 

Podrás habitar en su tienda, ya no suya; se esparcirá azufre sobre su morada. 

El Primogénito de la Muerte es, sin duda, la peste, el rey de los espantos es una persona de la mitología oriental, la cual manda sobre espíritus infernales, especie de Furias que acosan a los criminales. El azufre pertenece al Antiguo Testamento, como una materia de castigo para los peores pecados. Yavé hace llover azufre sobre Sodoma y Gomorra; el Salmo XI, 6, lo repite: «Lloverán sobre los impíos carbones encendidos, fuego y azufre», e Isaías (XXXIV, 9), en su maldición de Edom, llena también el domicilio de Lilit con azufre: «Y sus torrentes [ de Edom] se convertirán en pez, y su polvo en azufre, y será su tierra como pez que arde día y noche.»

Isaías da también una especie de visión anticipada de lo que sería, siglos más tarde, la imagen del infierno, en donde los pecadores deberían expiar sus pecados, torturados por los demonios, los servidores de Satán, Señor también de los súcubos, pero que en este período no tenía aún dicha personalidad y tampoco ese nombre. Pues aunque el Mal tenga al menos la misma edad que la Humanidad –no podemos imaginarnos bien cuál habría sido su función antes de la encarnación-, el nombre de Satán aparece sólo muy tarde en la Historia, y no directamente como la personificación del Mal. En el libro de Job es donde encontramos por primera vez su nombre, y no está en absoluto relacionado con demonios. «Sucedió un día -comienza Job, I, 6 que los hijos de Dios fueron a presentarse ante Yavé, y vino también entre ellos Satán.»

Los hijos de Dios constituyen en ese libro, así como también en algunos más del Antiguo Testamento, la corte de Yavé y su consejo. Como el libro de Job, todos los del Antiguo

Testamento en que encontramos esta imagen pertenecen a lo que se ha llamado la “tradición yaveísta», que se caracteriza por un estilo que es, a la vez, expresivo e imaginativo, dando una imagen antropomórñca de Dios y una representación de la Historia que se caracteriza por la bendición o la maldición de Dios. El prólogo de Job es un ejemplo claro de ello:

«Y dijo Yavé a Satán: “¿De dónde vienes?” Respondió Satán: “De dar una vuelta por la Tierra y pasearme por ella.” Y dijo Yavé a Satán: “¿Has reparado en mi siervo Job, pues no lo hay como él en la Tierra, varón íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” Pero respondió Satán a Yavé diciendo: “¿Acaso teme Job a Dios en balde? ¿No le has rodeado de un vallado protector a él, a su casa y a todo cuanto tiene? Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por el país. Pero extiende tu mano y tócale en lo suyo, (veremos) si no te maldice en tu rostro.” Entonces dijo Yavé a Satán: “Mira, todo cuanto tiene lo dejo en tu mano, pero a él no le toques.” Y salió Satán de la presencia de Yavé.»

Por tanto, Satán es representado aquí como un agente provocador, primero, contra el propio Yavé, y después, con el consentimiento de éste, contra Job, a fin de inducirle a la tentación de pecar. Sólo más tarde actuará por propia iniciativa, convirtiéndose por sus acciones en el enemigo de Dios y la personificación del Mal. En calidad de tal, ocupa un lugar importante en el Nuevo Testamento, en donde es el Señor del Reino del Mal, y tiene como súbditos a los demonios, que son los descendientes de los ángeles caídos, presos en la oscuridad eterna, como es presentado en 1a segunda epístola de Sán Pedro, II, 4:

«Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitados en el tártara, los entregó a las cavernas tenebrosas, reservándolos para el juicio…»

Y en la epístola de San Judas, 6:

c.. .y como a los ángeles que no guardaron su principado y abandonaron su propio domicilio los reservó con vínculos eternos bajo tinieblas para el juicio del gran día.»

Y, a través de su descendencia, Satán tienta al hombre para hacer el mal.

Lilith no aparece en el Nuevo Testamento, ni, por lo demás,. en otras escrituras religiosas cristianas. Tan sólo diferentes escritos rabínicos, sobre todo angelologistas, se ocupan de ella, y en distintas versiones.

En una de ellas, Lilít es la mujer de Satán. Dios, previendo que Satán procrearía con ella, lo castró, al objeto de impedir el nacimiento de demonios.

Otra versión dice que Lilit era la primera mujer de Adán. Y esta versión es la base de otras dos: ella lo abandonó, tras haber discutido sobre quién de los dos tendría autoridad sobre el otro. La “segunda’ causa de ese abandono sería que ella fue seducida por Satán, y lo habría seguido. 

Hay una versión según la cual Adán y Eva, tras el nacimiento de Abel, estuvieron separados durante cerca de cien años, y que durante ese tiempo Adán y Eva’ tuvieron relaciones sexuales con espíritus (en el caso de Adán, con Lilit). Sus hijos eran súcubos.

Otra variación del tema de la relación Adán con Lilit hace de ella la personificación de una imaginación sexual, de forma que el semen de Adán no habría fecundado un ¡espíritu real», sino que cayó sobre el suelo, naciendo de ese semen íncubos y súcubos, es decir, «seres» que no tendrían una madre.

Un comentario rabínico, quizá del siglo 111 d. de J. C., dice que, parcialmente, esta versión se basa en la historia de Oman e1 segundo hijo de Judá como se lee en el Génesis (XXXVIII  6-10):

(Tomó Judá para Er, su primogénito, una mujer llamada Tamar. Er, primogénito de Judá, fue malo a los ojos de Yavé, y Yavé le mató. Entonces dijo Judá a Onán: “Entra a la mujer de tu hermano, y tómala, como cuñado que eres, para suscitar prole a tu hermano.” Pero Onán, sabiendo que la prole no sería suya, cuando entraba a la mujer de su hermano, se derramaba en tierra para no dar prole a su hermano. Era malo a los ojos de Yavé lo que hacia Onán, y le mató también a él.»

El comentarista quiere ver también en el semen de Onán la causa de un nacimiento de súcubos e íncubos.
Por otra parte, hay una teoría ocultista contemporánea, según la cual, la imaginación sexual de hombre o de mujer, cuando es excitada por imágenes voluptuosas e impúdicas, secreta un semen espiritual. De la unión de ese semen espiritual del hombre con el de la mujer habrian nacido íncubos y súcubos.

En una leyenda judía, Lilit es la mujer de Asmodeo, un demonio que aparece en el libro de Tobías, uno de los libros históricos del Antiguo Testamento, del cual se hablará más tarde. Otra leyenda judía hace de Lilit la hija de Naama, o Nahema, la cual era considerada como la madre de todos los súcubos. Pero, en general, los angelologistas judíos consideran a Lilit como tal. Ninguno de ellos se ocupa de la cuestión de cómo el esperma humano podría engendrar un súcubo.

Fuentes:

Dr.Frederik Koning (Incubos y Sucubos) Plza & Janes ,

Dr. Fredetik Koning (Historia del Satanismo) (Editorial Brugera)

Biblioteca EyT (Brujeria y Satanismo)

Enciclopedia de las Ciencias Ocultas (Tomo nº6) ed. Alfredo Ortells

 

 

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