Sep 01 2011

Grimonios Medievales

La época medieval nos ha legado un buen número de manuscritos y de Grimorios, de fórmulas llenas de extrañas prácticas y de recetas que son tan fantásticas las unas como las otras; pero también, y sobre todo, de un saber esotérico secular, que ha sido transmitido por ocultistas y magos.

Con el paso del tiempo estos grimorios han ido ganando popularidad entre todos los practicantes, ocultistas, magos y hechiceros, en función de los prometedores resultados que aseguran a quienes sepan emplear los rituales de forma correcta.

A la cabeza de todos estos manuscritos se encuentran los fabulosos Albertos, atribuidos a un monje dominico; el Gran Alberto y el Pequeño Alberto, el Dragón Rojo, también conocido con el nombre de Gran Grimorio, el mítico Dragón Negro, el Grimorio del Papa Honorio, el Enchiridión del Papa León III, las Clavículas de Salomón y tantos otros, sin olvidarnos de mencionar la larga contribución de prácticas celtas y druídicas.

La magia medieval constituye, a su manera, la ciencia del bien y del mal; es un medio esotérico de manipular y de controlar estas fuerzas opuestas. En pasadas épocas -y debido fundamentalmente al enorme poder de la Iglesia-, el mundo se hallaba dividido en dos partes bien distintas: el cielo y el infierno; los buenos que estaban al servicio de Dios, y los malos que se hallaban bajo el poder del Príncipe de las Tinieblas. Esta cosmogonía no podía ser más dualista, y los ángeles, diametralmente opuestos a los demonios, combatían sin descanso los propósitos de Lucifer.

Si se tiene en cuenta esta forma de pensar, se comprende la razón de que los abundantes grimorios medievales estén colmados de innumerables rituales de evocación, con objeto de llamar y apremiar al Príncipe de las Tinieblas y a sus huestes, para exigir de tales seres las riquezas materiales y todos los tesoros de este mundo, en nombre del Dios todopoderoso. Los ocultistas ya conocían en aquellos tiempos el secreto que, mediante la personalización de la Fuente Eterna de Luz y de Amor, podía someter a los espíritus rebeldes más irreductibles.

A la luz de esto y tomando un poco de perspectiva al acercarnos a las prácticas que estaban en curso en aquellas épocas, se comprende que a toda persona de la que se sospechase que estuviera vinculada a la brujería y que, por tanto, tuviera comercio con el diablo, se la quemase viva. Pero lo que todavía nos sorprende más, puesto que es algo que se ignora, es que la mayoría de esos manuscritos ocultos eran obra de sacerdotes, de monjes y hombres de la Iglesia. Sin embargo, el catolicismo de la época medieval -siempre preocupado por mantener su influencia y poder sobre el pueblo- enseñaba que todo aquello que estuviera fuera de las normas establecidas no podía ser más que la obra del diablo.

Sea como fuere, en la gran mayoría de los casos nunca se trataba de auténticos brujos, sino de simples personas que vivían en soledad, alejadas de la sociedad y que muy frecuentemente poseían grandes conocimientos. A estos pseudobrujos hoy se les da el nombre de herboristas, astrólogos, etc.

Fuentes:
La magia medieval

http://paseandohistoria.blogspot.com/

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