El Musgoso, Espíritu del Bosque

Dicen las gentes ancianas de las tierras de Cantabria que entre todos los seres mágicos que pueblan o poblaban los montes y bosques, no hay ninguno tan bondadoso y bueno como el Musgoso.
El Musgoso es un espíritu de los bosques y de la Naturalaza que ha existido y existe , prácticamente, en todas las culturas, recibiendo en cada una de ellas un nombre particular, podemos encontrarlo en el Lechy eslavo, (Entre las divinidades está Lechy, el espíritu de los bosques. Aparecía con forma humana sin estatura estable, pues adoptaba la que más le convenía al pasar junto a los árboles más altos o las hierbas más pequeñas. Carecía de sombra.), Kukunochi de Japón, Bosegus de los Celtas (Bosegus dios celta de los bosques y de la naturaleza, nos recuerda una época en que los seres humanos, la sociedad en si, se encontraba en sintonía con la naturaleza, el entorno y entre sus miembros.) Todos ellos tienen en común no solo una similitud física, sino que comparten atributos y maneras en el proceder.

Esta es la historia de este extraordinario ser, tal y como siempre la han contado en los valles y montañas de Cantabria y ha llegado a nuestros días.

El Musgoso andaba por el monte con su granzamarra de musgo seco, con su sombrero de hojasverdes, con sus escarpines de piel de lobo. Era altoy delgado, y de sus espaldas colgaba un zurrónamarillo, de cuero. Caminaba lentamente, como si siempre estuviera cansado, como si viniera de muylejos, andando, andando sin parar. Tenía la carapálida, los ojos pequeños y hundidos, las barbas largas y negras. A veces tocaba una flauta, sin dejar de caminar. Cuando los pastores oían la flauta delMusgoso, miraban a las nubes con recelo. No tardaría en soplar el vendaval. Entonces apacentaban el ganado apresuradamente y ponían más piedras sobreel techo de bálago de la cabaña, para que no le llevara el viento.Lechy

Otras veces, oían en las tinieblas un silbo largo, largo que llegaba de una cumbre, de una hondonada,de un bosque tenebroso. Los pastores se levantaban sobresaltados y los mastines empezaban a ladrar y a correr por las cercanías de la braña. El silbo misterioso anunciaba los ojos brillantes del lobo, los pasos cautelosos de los ladrones de ganado, el jadeo de algún oso en las proximidades del lugar donde se apretujaban las reses descansando. Era el Musgoso, siempre atento a los peligros del monte, avisando de día con la flauta y de noche con su silbido. Los pastores le veían de tarde en tarde, a lo lejos, con su zurrón amarillo, con su zamarra de musgo seco. Pasaban años y años sin volverle a ver caminando lentamente, sin pararse, con las manos escondidas en el pecho, como si siempre tuviera mucho frío. Pero la flauta y el silbo se oían muy a menudo.

El son de la flauta era triste, monótono, con una nota ronca y otra más suave. El silbo era fuerte, prolongado, siempre lo mismo. Cuando había niebla y algún pastor extraviado iba derecho hacia alguna sima, creyendo que llevaba buen camino, oía un rumor parecido al de una quima que se desgaja. Otras veces el rumor era como el que hace una piedra rodando por el monte o el de un cayado golpeando el tronco de un árbol.

El pastor sabía que aquellos rumores eran los avisos del Musgoso, y marchaba por otro camino, despacio, tanteando el terreno con el palo, escuchando muy atento por si el Musgoso volvía a avisarle. Venía el otoño y bajaban al valle los pastores y los ganados. Las cabañas se quedaban solas. Runflaban los aires locos de diciembre y de enero, rompían los tejados de las chozas, se llevaban los bálagos volando como pájaros pajizos, secos, extraños. Cuando volvía la primavera y el monte se llenaba de nuevo de mugidos, de voces, de ladridos, parecía que el invierno no había pasado por allí. Las cabañas estaban intactas, limpias, como recién construidas.

Los terrones nuevos verdeaban en el techo, el suelo estaba seco, los resquicios tapados con pedacitos de piedra y de barro. Era el Musgoso, diligente, compasivo, trabajador, que había arreglado los destrozos de las iras del invierno, colocando las piedras caídas, levantando los tejados, esparciendo la yerba fresca, olorosa, en el sitio de la cabaña donde se acuestan los vaqueros…

Pasaban los años, envejecían los pastores, venían otros, jóvenes, duros, contentos, que también se hacían viejos, tristes, encorvaditos. El Musgoso siempre estaba lo mismo, alto y delgado, con sus barbas negras, con su sombrero de hojas verdes, con su cara pálida y los ojos pequeños y hundidos, con su zurrón amarillo, brillante, como si no le hicieran mella el sol, la lluvia, el viento… Siempre caminando con lentitud, con aire de cansancio, con las manos escondidas en el pecho entre el musgo de la zamarra, con sus escarpines de piel de lobo, con su flauta de una madera negra, desconocida…

(Texto de Manuel Llano, 23 de enero de 1898, Sopeña, Cantabria, España – 1 de enero de 1938, Santander, Cantabria, España)

Fuente: http://www.paulavidenciaytarot.com/

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