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may 10

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LA RELIGIÓN EN ROMA

Neptuno

LA RELIGION EN ROMA

Los latinos sentíanse rodeados por las fuerzas de la Naturaleza, diferentes de las humanas y superiores a ellas, que podían aplastarles o darles ayuda y prosperidad: el Sol, las fuentes, la tierra, ciertos animales, los árboles centenarios y aun las cosas inertes. De noche las piedras- límites y numerosos árboles y animales fueron mirados como sagrados: así el roble estaba consagrado a Júpiter, y el lobo pertenecía a Marte.

El romano era de una simplicidad robusta y práctica, desprovisto de imaginación. Así, ni inventó mitologías, ni imaginó a sus dioses bajo una forma humana, y mucho menos se cuidó de escribir leyendas. Tampoco esculpió imágenes de sus divinidades. Vesta no tuvo jamás estatuas, pues sólo estaba representada por el fuego sagrado que no debía extinguirse nunca. En fin, en aquellos tiempos no aparece ninguna especulación profunda sobre la naturaleza de Dios y sobre el origen y destino del universo y del alma. El romano se preocupaba, no de reflexionar acerca del mundo, sino de servirse de él. La generación, la concepción, el nacimiento, la infancia poseían su cortejo de divinidades, teniendo cada una su función especial, cumplida la cual nadie pensaba ya en invocarlas; Cunina velaba sobre el infante en la cuna; Stanana le enseñaba a tenerse en pie; Levana le levantaba cuando caía; Ossipaga fortalecía sus huesos, etcétera. Con frecuencia, esos poderes se hallaban clasificados por grupos bajo un nombre colectivo. Así, las Comenas eran las diosas de las fuentes y no tenían individualidad más consistente que la de nuestras hadas.

INFLUENCIA GRIEGA Y DECADENCIA.
Aquella religión antigua que los romanos llamaban “religión de Numa”, del nombre del rey al cual la leyenda atribuye la primera legislación religiosa, empezó a transformarse y, bajo la República degeneró a causa de la infiltración de ideas, leyendas y costumbres griegas en el ambiente romano. Al fin de la República y comienzos del Imperio, era ya un tópico lamentarse de la religión. Los templos se caían, las fiestas estaban abandonadas y las cofradías religiosas carecían de vida. Poetas como Horacio y Propercio, nos dicen que las telarañas cubrían los altares y que las imágenes sagradas estaban ennegrecidas por el polvo. En otro tiempo, los romanos escuchaban los oráculos y augures con fe: el vuelo y gritos de las aves, el apetito y regocijo de los polluelos sagrados, etc. Pero, a partir de las primeras guerras púnicas, la seriedad con que se escuchaba a los augures disminuyó muchísimo. Así, Claudio Pulcher se atrevió a ahogar los polluelos sagrados; Marcelo corrió las cortinillas de su litera por no ponerse en peligro de presenciar algún presagio desagradable, y Flamino hizo caso omiso de auspicios en presencia de Aníbal.

El escepticismo fue ganando el pensamiento de Roma. Así, para Polibdio (126 a. de J.C.) la religión romana no era sino un medio de mantener a la plebe en su ignorancia. Incluso Cicerón, como hombre privado, habló pocas veces de los dioses, se mostró vacilante en cuanto a la inmortalidad del alma y dejó a Trencio el cuidado de sacrificar a Esculapio cuando había sido curado de alguna enfermedad.

La influencia griega fue un corrosivo sensualista que desorientó el sentido práctico de Roma. Hubo, sin embargo, un culto que se mantuvo vivo: el de los muertos. Construidas al borde de las vías romanas, las tumbas recordaban a los transeúntes los misterios del destino del hombre y, para poder adornarlas, se legaban por testamento jardines donde cultivar rosas y violetas. Los epitafios indicaban raras veces la incredulidad, como éste: “Antes existía; ahora ya no existo”, o el cinismo, como el siguiente: “Come, bebe, diviértete mucho…”. Generalmente se expresaba en ellos el deseo de que el muerto gozara de buena salud o bien que la tierra le fuese ligera. Otras veces, se invitaba a los muertos en términos patéticos a que se aparecieran a los vivientes durante sus sueños nocturnos. Gracias a ese culto de los muertos, el espíritu religioso se perpetuó, transmitiéndose a una edad nueva.

LA RELIGION DURANTE EL IMPERIO.
Octavio, hijo adoptivo de Julio César, creó el Imperio, una entidad capaz de mantener un lazo común a pesar de la multiplicidad de razas y naciones, y la Religión debía ser en ella el más poderoso principio de unión. Empezó por hacerse otorgar (27 a. de J.C.) el nombre de Augusto y siguió el consejo que a los romanos daba Horacio, de reconstruir los templos y santuarios de los dioses. En el año 28 a. de J.C. gastó cerca de cien millones de sestercios en el restablecimiento de las ceremonias tradicionales ya olvidadas y en la reconstrucción de templos que la indiferencia o las guerras habían hecho caer en el olvido. Aumentó los colegios de pontífices, favoreció a las vestales e hizo revivir las lupercales y las saturnales. Horacio escribió versos acerca de la alianza de la piedad con la prosperidad y la dicha.

El voluptuoso Ovidio se asombraba de verse convertido en versificador del calendario religioso, y Virgilio escogió como héroe de su Eneida a un sacerdote, el piadoso Eneas, ingeniándose para introducir en la trama de su poema cuanto tuviese relación con los temas religiosos. El nombre de Augusto entraba en las fórmulas deprecatorias; en las fiestas públicas y privadas se pronunciaban brindis que hubieran muy bien podido tomarse por invocaciones, y muy pronto no bastaron tales honores, y empezó a desarrollarse un veradero culto. Las almas estaban preparadas para esa transición, pues la Filosofía había oscurecido la separación entre la naturaleza divina y el hombre, y los romanos diéronse a imitar a los griegos bajo la dictadura de Julio César.

En vida de éste, el Senado votó la construcción de un templo y la institución de juegos en su honor. Incluso un mes del año tomó su nombre, y después de su muerte, el Senado y los comicios colocaron oficialmente el “Divus Iulius” entre los numerosos dioses de la ciudad, dedicándosele un santuario en el foro. Si bien Augusto rehusó ser llamado dios, en la práctica fue honrado como tal y aceptó que al mes llamado hasta entonces “sextilis” se le denominara Augustus (Agosto). Después de muerto, el Senado le adjudicó honores divinos y se le construyó un templo en su honor. El culto imperial fue un hecho y los emperadores incluso fueron honrados en vida. Aun los más indignos osaban llamarse hijos de Minerva, como Domiciano, o hermanos de Júpiter, como Calígula, Vitelio y Domiciano. En las provincias, el culto del emperador, asociado al de la diosa Roma, adquirió una inmensa importancia política y religiosa. No querer asociarse a él, como lo hicieron los cristianos, equivalía a dejar de ser ciudadano y exponerse a implacables persecuciones. Pero este culto imperial era demasiado oficial para que pudiese satisfacer las tendencias más profundas del alma humana: deseos de purificación, de expiación, de unión con la divinidad, etc.

Otras influencias iban a entrar en juego. El culto de Isis y de Osiris arribó de Egipto. En el año 38 se construyó en el Campo de Marte un templo consagrado a Isis. Desde entonces su culto se extendió por las provincias latinas del Imperio, pero sin reclutar muchos adeptos entre la masa de los provincianos. Las dos fiestas más impresionantes eran las del “navigium isido” y de la “inventio”. La primera se celebraba el 5 de marzo. Cuando, al llegar la primavera, comenzaba de nuevo la navegación, una procesión magnífica y extravagante se dirigía al mar. Abría la marcha una mascarada de gente disfrazada, seguían luego los iniciados vestidos de blanco, antorcha en mano o arrojando flores y, finalmente, los sacerdotes de afeitadas cabezas, llevaban las imágenes de los dioses y la urna sagrada que contenía el agua del Nilo. Flautas y sistros acompañaban el canto de las plegarias. Cuando llegaban a la orilla del mar se botaba una nave magníficamente adornada, consagrada a Isis.

Todavía era más emocionante “la invención de Osiris”, en la que se conmemoraba la muerte del dios, las pesquisas de Isis para hallarlo, su triunfo definitivo y su resurrección. Todos los años, en Roma, en los primeros días de noviembre, los fieles lloraban la muerte de su dios. Se simulaban, con acompañamiento de cantos fúnebres, los viajes de Isis en busca del cadáver de Osiris. Una vez hallado el cuerpo, se producía una explosión de alegría, y los cantos de triunfo delirante sucedían a las lamentaciones. Desde los tiempos de Artajerjes, el culto de Mitra, originario de Persia, se había extendido mucho por el Mediterráneo. Destruido el imperio de Alejandro, los soberanos de los diversos Estados nacidos de aquella desmembración, se gloriaron de conservar cuanto les unía a la antigua Persia, y en consecuencia, el culto de Mitra fue objeto de honores especiales.

Los soldados, mercaderes y esclavos procedentes de provincias, gradualmente incorporadas al Imperio Romano y diseminados por los diversos puntos del mundo conocido, habían introducido el culto del dios persa. En tiempo de Heliogábalo (218) se intentó elevar al dios Baal, de Siria, a la categoría de divinidad soberana del imperio. Los monstruosos vicios de aquel príncipe y los desmanes a que dieron lugar las fiestas del nuevo Sol, provocaron una reacción contra los cultos sirios. No obstante, persistió la tendencia, que fue creciendo, a reconocer en el Sol la divinidad suprema y universal. Estaba entonces de moda proclamar que todos los cultos se referían a la adoración de un solo dios bajo nombres y ritos diferentes, conforme al genio de cada raza y de cada nación. Por lo tanto, no podía haber religión alguna que fuese falsa, ni ritos desprovistos de significación.

El sacerdote de Isis podía ser gallo de Cibeles, y el devoto de Mitra podía participar de los misterios de Eleusis. Alejandro Severo colocaba las estatuas de Jesucristo y de Abraham entre las de Orfeo y de los Lares, en su oratorio privado. El Sol se había convertido en el símbolo de aquel dios supremo, origen de toda la vida, inmortal y omnipotente. En tiempos de Aureliano (270- 275) el culto del “Sol invencible” triunfó, incluso oficialmente. El emperador le hizo construir un templo magnífico en Roma, instituyó en su honor espléndidos juegos y le colocó en la cumbre de la jerarquía divina, como el “Señor del Imperio Romano”. Alrededor del culto del Sol se concentró también la reacción pagana en los días de Juliano el Apóstata (360-363). Este período final de la religión romana, ilustra con elocuencia sobre la grandeza y la miseria del Imperio Romano. Cuando el paganismo se estremecía en un postrer esfuerzo por hallar la verdad, los discípulos de Cristo se disponían a enseñar el camino de la luz.